En la cocina y la dieta mediterránea, el ajo es un ingrediente fundamental desde hace miles de años. Actualmente, científicos japoneses prueban sus efectos sobre pacientes con lumbago y artritis, mientras en la India, se están desarrollando estudios que demuestran que el ajo tiene un efecto preventivo en el desarrollo de la arteriosclerosis y de la tensión arterial alta (hipertensión).
En la antigua Grecia, Plinio escribió sobre la capacidad del ajo para curar la tisis; Virgilio comentó que el ajo realzaba y mantenía la fuerza de los trabajadores agrícolas; Celsio recomendó el ajo como curación para la fiebre; Hipócrates pensó que era una buena medicina para muchos problemas de salud. Incluso Mahoma, el profeta, proclamó que si el ajo era aplicado directamente a una picadura o una mordedura facilitaría la curación de estas heridas.
Entre los beneficios del ajo se encuentran: ayuda a incrementar las defensas del organismo, mejorando nuestra respuesta a virus y bacterias. Es antiinflamatorio, anticoagulante, vasodilatador y depurador. En uso tópico, su jugo es un estupendo antiséptico. (Por esta razón, en la cocina cuando la carne de un ave o de un cordero empieza a oler se frota con ajo al ser un magnífico bactericida), ayuda en la hipertensión protegiendo al mismo tiempo el corazón y las arterias, dándoles mayor flexibilidad y manteniéndolas libres de depósitos de colesterol, incrementa el nivel de insulina, reduciendo así los niveles de azúcar en la sangre y también incrementa el nivel de serotonina en el cerebro, ayudando a combatir el estrés y la depresión.
Fuente: excelenciasgourmet.com